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    SIGLO XXI CAMBALACHE II
 
 
He aquí a nuestros primos*.
Fuente: LaNacion.com. Fecha: 21/5/08

NAPOLES.- "Entre la basura y la intolerancia, acá estamos como en el Tercer Mundo." Giuliano Martiniello, un asistente social de 29 años, es impiadoso a la hora de explicar qué le ha pasado a su ciudad.
La bella Nápoles ha saltado en los últimos días a las primeras planas de los diarios de todo el mundo por la vergonzosa crisis de la basura -un problema crónico, sin solución desde hace 14 años- y por el estallido de una dramática ola de violencia contra gitanos, síntoma de un peligroso clima de xenofobia que parece expandirse por toda Italia.
Ayer, ante la inminente llegada de Silvio Berlusconi, ya no había montañas de basura. El flamante premier de derecha, tal como prometió, tendrá hoy aquí su primera reunión del consejo de ministros.
Más allá de que la lluvia torrencial había hecho lo suyo, como suele suceder para los grandes eventos en el centro de esta ciudad famosa por la pizza, el Vesubio y la camorra (la mafia napolitana), ya no se veían desperdicios. Decenas de cuadrillas con palas y barbijos limpiaron contra reloj las calles. Vaciaron volquetes y basureros y dejaron todo como si nada hubiera pasado.
Para ver las montañas de suciedad, contenedores rebosantes de residuos, bolsas de plástico con restos de comida -imágenes que inundaron los noticieros de todo el mundo-, había que ir a la periferia. Allí, si bien los vecinos aseguraban que la situación había mejorado "porque está por llegar Berlusconi", aún reinaba el olor a basura quemada. Se veían ratas que paseaban entre los montículos de inmundicia -de 5200 toneladas ayer se había logrado bajar a 3200- y ardían los ojos por la dioxina aún presente en el aire fétido.
Si bien Berlusconi tendrá aquí su primera reunión del consejo de ministros para demostrar que quiere terminar de una vez por todas con la emergencia de la basura, se tratará de un acto simbólico. Hoy, de hecho, no se espera que haya novedades en este frente, sino que su ejecutivo dará luz verde a un paquete de seguridad durísimo, por el cual la inmigración clandestina pasará a ser un delito castigado con penas de entre seis meses y cuatro años de cárcel (ver aparte).
La expectativa por la llegada del Cavaliere era palpable ayer en las calles del centro de Nápoles. Más allá de decenas de recolectores de basura en acción y una maciza presencia policial -hoy se desplegarán 1000 hombres para hacer frente a 10 marchas de protesta-, saltaban a la vista afiches que hablaban por sí solos: "Si elimina la criminalidad y la inmundicia, Berlusconi Santo Subito [Santo Ya]".
"Berlusconi tiene que hacer un milagro, como san Gennaro", dijo a LA NACION Giuseppe, cajero de un bar adyacente a la céntrica Piazza del Plebiscito. "Nosotros vivimos del turismo, y si el turismo muere, morimos también nosotros", agregó este napolitano, que envió luego saludos a Maradona, "San Diego", al enterarse del origen de esta cronista.
Desde que se desató la crisis de la basura, en enero último, por falta de descargas, mal manejo político y la sombra de la mano de la camorra, el turismo ha caído abruptamente en esta bellísima parte del sur de Italia. Prácticamente vacíos desde hace meses por el caos de la basura, al que se sumó el escándalo por la mozzarella de búfala contaminada por la dioxina, y la semana última la "cacería" de gitanos, los hoteles están haciendo descuentos y promociones para atraer clientes.

Escepticismo
"No sé quién nos va a sacar de este desastre; no creo que Berlusconi lo logre... Vivo en Capo di Chino, en la periferia, y la situación es pésima. Tengo un chico de 11 años que para ir al colegio tiene que sortear montañas de basura, y tenemos miedo de las enfermedades", se quejó Susy Daniele, empleada de un negocio de ropa de Via Toledo.
"El drama de la basura no es culpa de los napolitanos, sino de quienes nos gobiernan. Los políticos le echan la culpa a la camorra, pero es sólo una pantalla para justificar su ineptitud", dijo.
"Desde la cima tienen que dar la solución. Es el Estado el responsable de esta catástrofe", agregó su colega, Giovanna Sepe. "¿Cómo puede resolver los problemas del pueblo alguien como Berlusconi, que acá se alojará en una suite que cuesta 4200 euros por noche?", se preguntó Daniele.
En la periferia de Nápoles también reinaba el escepticismo. "Hoy recolectaron basura porque está por llegar Berlusconi, ¿pero qué va a pasar dentro de tres o cuatro días?", preguntó Massimo Cozzolino, un verdulero de Ponticelli, el barrio que saltó a la fama luego de que 800 gitanos sufrieron agresiones y el incendio de sus campos la semana última. Los incidentes se generaron después de que una chica de 16 años presuntamente intentó robar un bebe.
"Nunca pensé que iba a presenciar escenas de limpieza étnica en mi ciudad", se lamentó Giuliano Martiniello, asistente social de la ONG NEA (Nápoles, Europa, Africa), que fue testigo del estallido de violencia, del cual logró salvar a un grupo de 40 gitanos, ayudado por la policía.
En un lúgubre y sucio asentamiento debajo del puente de Via Argine, vacío, aún podían verse en el suelo de barro los resabios de la fuga de cientos de gitanos desesperados: cubiertos, juguetes, cochecitos, mantas, heladeras y hasta ropa colgada entre las mugrientas casillas abandonadas.
"Los gitanos se habían adueñado de Ponticelli... Hubiera preferido que se fueran de otra manera, pero ahora estamos más tranquilos", dice Pasquale de Filippo, uno de los miles de vecinos satisfechos con la retirada de los gitanos.
"Ellos vivían en condiciones infrahumanas y estaban obligados a salir a robar. Si el Estado les hubiera dado asistencia la situación no se habría degenerado", sentenció De Filippo. "Es como el desastre de la basura: si el Estado existiera y no dejara nuestro territorio en manos de la camorra, que hace negocios con la política, la historia sería distinta. Pero esto es una tarantella de nunca acabar."

* Titular de Nuestra Redacción.

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