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NAPOLES.- "Entre la
basura y la intolerancia, acá estamos como en el Tercer
Mundo." Giuliano Martiniello, un asistente social de 29
años, es impiadoso a la hora de explicar qué le ha pasado
a su ciudad.
La bella Nápoles ha saltado en los últimos días a las
primeras planas de los diarios de todo el mundo por la
vergonzosa crisis de la basura -un problema crónico, sin
solución desde hace 14 años- y por el estallido de una
dramática ola de violencia contra gitanos, síntoma de un
peligroso clima de xenofobia que parece expandirse por
toda Italia.
Ayer, ante la inminente llegada de Silvio Berlusconi, ya
no había montañas de basura. El flamante premier de
derecha, tal como prometió, tendrá hoy aquí su primera
reunión del consejo de ministros.
Más allá de que la lluvia torrencial había hecho lo suyo,
como suele suceder para los grandes eventos en el centro
de esta ciudad famosa por la pizza, el Vesubio y la
camorra (la mafia napolitana), ya no se veían
desperdicios. Decenas de cuadrillas con palas y barbijos
limpiaron contra reloj las calles. Vaciaron volquetes y
basureros y dejaron todo como si nada hubiera pasado.
Para ver las montañas de suciedad, contenedores rebosantes
de residuos, bolsas de plástico con restos de comida
-imágenes que inundaron los noticieros de todo el mundo-,
había que ir a la periferia. Allí, si bien los vecinos
aseguraban que la situación había mejorado "porque está
por llegar Berlusconi", aún reinaba el olor a basura
quemada. Se veían ratas que paseaban entre los montículos
de inmundicia -de 5200 toneladas ayer se había logrado
bajar a 3200- y ardían los ojos por la dioxina aún
presente en el aire fétido.
Si bien Berlusconi tendrá aquí su primera reunión del
consejo de ministros para demostrar que quiere terminar de
una vez por todas con la emergencia de la basura, se
tratará de un acto simbólico. Hoy, de hecho, no se espera
que haya novedades en este frente, sino que su ejecutivo
dará luz verde a un paquete de seguridad durísimo, por el
cual la inmigración clandestina pasará a ser un delito
castigado con penas de entre seis meses y cuatro años de
cárcel (ver aparte).
La expectativa por la llegada del Cavaliere era palpable
ayer en las calles del centro de Nápoles. Más allá de
decenas de recolectores de basura en acción y una maciza
presencia policial -hoy se desplegarán 1000 hombres para
hacer frente a 10 marchas de protesta-, saltaban a la
vista afiches que hablaban por sí solos: "Si elimina la
criminalidad y la inmundicia, Berlusconi Santo Subito
[Santo Ya]".
"Berlusconi tiene que hacer un milagro, como san Gennaro",
dijo a LA NACION Giuseppe, cajero de un bar adyacente a la
céntrica Piazza del Plebiscito. "Nosotros vivimos del
turismo, y si el turismo muere, morimos también nosotros",
agregó este napolitano, que envió luego saludos a
Maradona, "San Diego", al enterarse del origen de esta
cronista.
Desde que se desató la crisis de la basura, en enero
último, por falta de descargas, mal manejo político y la
sombra de la mano de la camorra, el turismo ha caído
abruptamente en esta bellísima parte del sur de Italia.
Prácticamente vacíos desde hace meses por el caos de la
basura, al que se sumó el escándalo por la mozzarella de
búfala contaminada por la dioxina, y la semana última la
"cacería" de gitanos, los hoteles están haciendo
descuentos y promociones para atraer clientes.
Escepticismo
"No sé quién nos va a sacar de este desastre; no creo que
Berlusconi lo logre... Vivo en Capo di Chino, en la
periferia, y la situación es pésima. Tengo un chico de 11
años que para ir al colegio tiene que sortear montañas de
basura, y tenemos miedo de las enfermedades", se quejó
Susy Daniele, empleada de un negocio de ropa de Via
Toledo.
"El drama de la basura no es culpa de los napolitanos,
sino de quienes nos gobiernan. Los políticos le echan la
culpa a la camorra, pero es sólo una pantalla para
justificar su ineptitud", dijo.
"Desde la cima tienen que dar la solución. Es el Estado el
responsable de esta catástrofe", agregó su colega,
Giovanna Sepe. "¿Cómo puede resolver los problemas del
pueblo alguien como Berlusconi, que acá se alojará en una
suite que cuesta 4200 euros por noche?", se preguntó
Daniele.
En la periferia de Nápoles también reinaba el
escepticismo. "Hoy recolectaron basura porque está por
llegar Berlusconi, ¿pero qué va a pasar dentro de tres o
cuatro días?", preguntó Massimo Cozzolino, un verdulero de
Ponticelli, el barrio que saltó a la fama luego de que 800
gitanos sufrieron agresiones y el incendio de sus campos
la semana última. Los incidentes se generaron después de
que una chica de 16 años presuntamente intentó robar un
bebe.
"Nunca pensé que iba a presenciar escenas de limpieza
étnica en mi ciudad", se lamentó Giuliano Martiniello,
asistente social de la ONG NEA (Nápoles, Europa, Africa),
que fue testigo del estallido de violencia, del cual logró
salvar a un grupo de 40 gitanos, ayudado por la policía.
En un lúgubre y sucio asentamiento debajo del puente de
Via Argine, vacío, aún podían verse en el suelo de barro
los resabios de la fuga de cientos de gitanos
desesperados: cubiertos, juguetes, cochecitos, mantas,
heladeras y hasta ropa colgada entre las mugrientas
casillas abandonadas.
"Los gitanos se habían adueñado de Ponticelli... Hubiera
preferido que se fueran de otra manera, pero ahora estamos
más tranquilos", dice Pasquale de Filippo, uno de los
miles de vecinos satisfechos con la retirada de los
gitanos.
"Ellos vivían en condiciones infrahumanas y estaban
obligados a salir a robar. Si el Estado les hubiera dado
asistencia la situación no se habría degenerado",
sentenció De Filippo. "Es como el desastre de la basura:
si el Estado existiera y no dejara nuestro territorio en
manos de la camorra, que hace negocios con la política, la
historia sería distinta. Pero esto es una tarantella de
nunca acabar." * Titular de Nuestra Redacción. |